4.

Un soplo de viento entró por la ventana uniéndose con el de su suspiro. El sol proyectaba una sombra perfecta sobre la alfombra. Desde ese rincón recostada en el suelo, justo debajo de la ventana, el cielo parecía finito en su recuadro. Estirando los brazos en el aire, jugaba a contenerlo entre sus manos. Así mataba el tiempo, en ese juego perverso de tratar de poseer el cielo, pero no perdía las esperanzas. Una vez lo sintió especialmente cerca, camuflado en la sonrisa de un niño cabeza de nube. Pero las nubes juegan a ser cielo cuando no lo son, recelosas e infantiles, intrusas en su atmósfera intocable, inflándose egoístas si alguien parece admirarlas, lloviendo a destiempo palabras que al final siempre se evaporan. Sí, definitivamente no quería volver a escuchar salpicar su serenidad con excusas de algodón inconsistente. Por suerte el tiempo y el viento saben hacerlas deshilachar y reconocer su condición siempre efímera. Porque siempre hay cielo más allá de una historia gris y bien dicen que quien quiere celeste que le cueste, en especial uno que la entienda y la acompañe a pesar de sus propias tormentas, con vientos que disuelvan los temporales sólo para ponerse en sus zapatos, y rayos de sol para abrazarla siempre por las dudas, además de un puñado de estrellas que sepan bajar la persiana cuando la Luna tenga ganas de espiar a la hora del amor.

Ya no más dejarse influenciar por un deber ser siempre incorrecto, si al final en el amor no hay reglas. Un peut-être desde adentro la llanaba de esperanza porque hoy estaba de estreno.

Los perdidos que nunca dejan de buscarse, siempre vuelven a encontrarse.