Un suspiro y cierra la puerta. Sale. Hay viento, sopla fuerte hoy y alborota el piso alfombrado de hojas. Estornuda y le hace pensar que mañana va a bajar de arriba del mueble la campera azul, y más hojas se le chocan en los pies. Cruza la calle, prefiere la vereda con sol porque este sol no quema, es tibio, es lindo, le gusta. Le gustan las bufandas, las camperas, las caras frías, las narices rojas, las calles amarillas, y de vez en cuando el calor. Los días son dorados pero no arden ni transpiran, la gente llena de risa las plazas, los perros corren felices, tal vez antes reían lo mismo, no sabe decirlo, pero para ella son más felices ahora. Se sienta en el banquito y los observa enternecida, no la ven mientras los mira, pero no le importa. Sonríe, cierra los ojos y disfruta el interior anaranjado de sus párpados iluminados por el sol. Mojándose los labios con los ojos cerrados, todavía puede saborear algo de sus besos. Está enamorada. Y pasa, todo pasa, pasan el tiempo, y los caballos de la calecita, y los autos en la calle, y más allá los trenes en la estación.
Magia, cuando alguien te enseña a encontrarla en cualquier lado.